40 historias, 40 mujeres

Ana Blanco | 29 mayo, 2020 | Compartir:

Todos tenemos historias que contar. Nosotras queremos escuchar la tuya. Compartimos alegrías, nostalgias y sentires. Estamos aquí. Puedes envíar tu historia a: editora@revestida.com

#RDerestú

#10 Fronmy

Unos me llaman Fronmy, otros me dicen Stephanie y mi madre cuando va a reclamarme algo me llama Fronmy Stephanie. Soy de la Ciudad Corazón, Santiago. Tengo 23 años y soy mercadóloga. En enero me mudé a Madrid por estudios con la ilusión de vivir experiencias nuevas y crecer tanto a nivel profesional como personal. Me considero un ser humano común, simple y tradicional. Soy la típica dominicana, morenita, de pelo rizado, simplemente perseverante y cabeza dura cuando tiene una meta. Amo el chocolate, beber café, comer y leer. Como lo afirmó en su momento Neruda y creo que, como todos en el fondo, busco llegar al final de mis días con la certeza de que he vivido. Fronmy S. Sánchez

Esos viejos miedos

“Tocaron la puerta de mi habitación de repente y yo que estaba sentada en clase. Decidí asomarme, pero no abrir. Algo me decía que tuviera cuidado. 

Volví al escritorio y al nanosegundo de hacerlo oí la puerta abrirse. No pude evitar que se me encrespara la piel. Se hicieron paso en toda la habitación, hasta sentarse frente a frente a mí. 

Eran ellos, los de antes, los que me acompañaban todo el día y me chupaban la sangre, el aire y la posibilidad de ver la vida desde otra perspectiva. Eran ellos, mis viejos miedos. 

Creí haberlos superado pero resulta que tomaron un vuelo desde Santiago y ahora estaban sentados frente a mí, alborotándolo todo. 

Les pregunté qué querían con enfado. 

— ¿Acaso no ven que estoy en distanciamiento social por el COVID? Guarden al menos la distancia — les grité. — No se acerquen que ya no los quiero.—

Les dije que si los había dejado era porque nuestra relación era tóxica y me consumía. Les comenté que ya estaba aprendiendo a vivir con mi nuevo amor: las ganas de trabajar por mi felicidad. 

Yo les gritaba para que se fueran y ellos, inertes en el silencio, con tan solo mirarme me destrozaban. Mientras más gritaba, más cerca los sentía. 

Llegó un punto en el que ya no tenía fuerzas ni para hablar. La frustración me hizo callar y con la cabeza a punto de estallar, lo recordé. Recordé que mientras más me resistiese, mientras más tratase de obviarlos y negase su existencia, peor sería.

Entonces me senté a su lado y conversamos un rato como si fuésemos amigos. Como los amigos que somos de toda la vida. Les dije que no iba a tratar de echarlos, pero que debíamos trabajar en nuestra relación y los abracé por unos segundos. 

Ahora andan por ahí en algún lugar de la casa, paseándose por uno que otro salón. No sé en específico cuándo volveremos a tener otra discusión. No sé en qué acabará esto. 

Solo sé que en su estancia, a veces cuando nos encontramos y vuelven los escalofríos, recuerdo. Los abrazo por algunos segundos; solo el tiempo necesario para asegurarme de que no me corroen la existencia. Entonces sigo adelante… a pesar de ellos. 

#9 Cristina Rodríguez

“Sencillamente humana. Equilibrando mi profesión en comunicación y mercadeo, mis ansias de viajar y el yoga. En el fondo solo soy un conjunto de ideas sin sentido en búsqueda de un hilo conductor.” Cristina es comunicadora y actualmente trabaja como Brand Lead en Presidente.

¿Y si nos quedamos así?

Hace un tiempo, al felicitarme por mi cumpleaños, un amigo decía: “Este año no cuenta. Todo se paró, incluyendo la edad.” Sé que esta etapa, para muchos, es más fácil de asimilar como una pausa, pero creo que nada más lejos de la realidad. Algunas cosas han parado, pero muchas siguen a toda marcha. Como el fregado, por ejemplo, que se reproduce igual o más rápido que el virus. Y en la cima de esas cosas que no se detienen, está el tiempo, que con esperanza traerá la vuelta a la rutina. 

Hace unos años entendí que lo único que no se recupera es el tiempo. Por eso soy de esas personas peleonas que por un retraso de diez minutos ya está de mal humor. Sin embargo, lo que más agradezco de este nuevo estilo de vida es que finalmente tengo tiempo para aprovechar. No pierdo tiempo de trayectos en tapones, ni la agenda pemanentemente llena de compromisos. Redescubrí lo que es estar presente, la dicha de concentrar mi energía en una sola cosa a la vez, y apreciar los resultados de eso. 

No quiero que llegue la “nueva normalidad” para volver a la vida de antes. Podría aceptar esta vida con pequeñas concesiones. Soy consciente de que la mayoría ha perdido mucho por esta crisis, pero en el fondo tengo que agradecer este giro 180o que nos plantó el universo. Y es que francamente, a mí esta situación me devolvió la vida. He vuelto a ser dueña de mi tiempo y mi paz para volver a disfrutar de esas cosas que traían luz a mis ojos. Una buena lectura, o esas conversaciones en las que puedo escuchar sin límites ni despistes. El sencillamente estar, un lujo que damos tan por sentado, y tan de difícil tener. 

#8 Ashley Buret

Ashley P. Buret es una joven de 19 años que se encuentra cursando su segundo año en la carrera de Comunicación Social y Medios Digitales, impartida en el Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC). Creativa, disciplinada y con muchas ganas de aprender. 

El cántico de los pájaros

Todo el planeta se está enfrentando a miles de pérdidas humanas según pasan los minutos; hasta los que estamos bien, la estamos pasando mal.

Lo que antes me preocupaba, -como apresurarme para desayunar y salir lo más rápido que pueda o estresarme porque el tráfico me hará llegar tarde- ya no es lo mismo, porque ciertamente hoy es diferente y ya las cosas no son como antes.

Llevo meses encerrada entre las mismas paredes de siempre y solo el universo sabe cuántos días más tendrán que pasar. Los horas transcurren y lo único que parece cambiar es el número de casos, que siguen aumentado y que con ellos se llevan la opción de vivir tranquilamente, una vez más, hacia un espacio totalmente diferente al que nos encontramos. Ya no recuerdo cómo se sentía no tener que pensar dos veces antes de salir a la esquina.

Antes me preguntaba a mí misma cosas como: “¿podré obtener el trabajo que quiero?” o “¿al profesor le habrá gustado mi ensayo?”, pero ahora la cuestionante ha cambiado a “¿cuándo volveré a ver la luz del día directamente y no a través de cristales o ventanas?”

Qué bonito ha de ser vivir como los pájaros que siguen cantando como si no estuviera pasando nada. 

#7 Solangel Valdez

Directora de comunicaciones del Ministerio de la Mujer. Solangel es fotógrafa, escritora, investigadora y trabaja arduamente por los derechos de las mujeres en nuestro país.

De orcos, frustraciones y azahares

Mi día empezó a las 5 de la mañana, y tras 40 minutos en carretera llegué a la capital. Intenté entrar a un supermercado pero después de 15 minutos en fila abandoné por el desorden, besos y abrazos incluidos entre los tertulianos que al parecer se citan cada día para verse allí. 

Ataviada con mascarilla de tela doble, guantes, zapatos cerrados, mis gafas normales y pañuelo en la cabeza, me fui a un banco en una plaza y, ¡oh! delicia, en 20 minutos hice mi diligencia y salí, atisbé la fila del supermercado de al lado y me dije no, tengo que comprar un abanico y aquí no venden, así que me voy a uno donde esté todo lo que necesito. 

Al llegar al carro, me limpio las manos con toallitas húmedas, a las que vacío un frasquito de alcohol al 70% y alzo el vuelo. En otro supermercado hice 45 minutos de fila, en orden, con respeto y en una hora estaba fuera con todo lo que requería, menos pollo que no había. 

Crucé a la zona oriental a llevar el abanico a mi sobrina Camila, a quien no pude besar ni abrazar. Tampoco a mi hermana y mi cuñado, quienes me pasaron un plato de comida que apuré en el mismo carro para devolverme hacia San Cristóbal de inmediato. Eso dolió, me entristeció y en ese momento fui más consciente de los estragos emocionales de esta crisis sanitaria.

De ahí me fui a otro supermercado a buscar el pollo y ¡Eureka! A las 2:30 de la tarde la fila es más corta y avanza rápido (tal como avisan en sus redes sociales). Y había pollo, salami y papel de baño a montones. 

Noto a la gente demasiado relajada. Unas personas más que otras, menos en lo de comprar comida como si mañana anunciaran guerra.

Sentada en mi mecedora y entre el vaivén y el embriagante aroma a azahares se alivia la carga de un día muy agitado, dormito escuchando el concierto nocturno de los grillos y las chicharras, interrumpido por algún imprudente motorista que rompe el toque de queda desafiando a las autoridades, a la vida o a la muerte. No lo tengo claro.

Abro los ojos y afuera pasa una figura enorme, horrenda, de expresión maligna y que identifico como un orco, esos guerreros feos y despiadados de «El Señor de los Anillos». Detrás viene otro, arrastrando su mazo amenazante y revisando cada rincón de la calle. Me quedo inmóvil mientras el horror pasa. 

Una brisa fresca me trae esa bocanada del perfume de las flores de la mata de naranjas agrias y despierto. No hay orcos, solo dos muchachos que retozan en medio de la calle y vociferan burlas que nadie escucha en el camino desierto. Los miro, reclino mi cabeza y respiro profundo, intentando abrazar a los míos en la imaginación y preguntándome: ¿cuándo podrá ser? 

#6 Onysela Valdez

Periodista, con especialización en producción de televisión y relaciones públicas. Fue corresponsal internacional de la cadena Univisión. Actualmente realiza trabajos de Relaciones Públicas y otros relacionados con la comunicación. Es la creadora del blog Mis Viajes Mi Destino, donde quiere concientizar sobre la importancia que tiene viajar para la calidad de vida las personas.

Mi vida en cuarentena

Este cuento nos cambió a todos, abruptamente. Algunos, como yo, nos resistíamos a pensar que lo que parecía sacado de Netflix pudiera hacerse realidad.

Nunca pensé que me vería en la necesidad de recluirme en casa y mucho menos diciéndoles a otros que posterguen sus viajes. Los que hacemos contenido sobre turismo hemos tenido que sacar la creatividad a flote y auxiliarnos de la tecnología (bendita sea). Conformarnos con viajes virtuales. 

En los primeros días de cuarentena, como muchos, sentí angustia, un nudo en la garganta constante, estuve irritable. Sentí dudas y temores.

Luego fui buscando un balance, adaptándome, como hacemos los seres humanos en tiempos de crisis. Hice las paces con pensamientos que no parecen de “Ony” y concluí que son sentimientos normales y a veces necesarios para recordarnos lo frágiles que somos, que el mundo te puede cambiar de un día para otro, que no tenemos todo controlado.

En estos días he tratado de conocerme más; de reconocer y trabajar lo que entiendo son algunos de mis tantos defectos, como ser más paciente y tolerante.  Me he propuesto también ver el lado positivo que puede tener un plan B ( ¡no me gustaban!), en soltar y tener más fe.

Me ha dado con pensar también en cómo solemos postergar. Ahora quisiéramos estar haciendo mil cosas que sencillamente tendrán que esperar. ¿Cuántos no podrán detectar una enfermedad a tiempo?, por ejemplo. Me pudiera estar pasando a mí, que debí ir a mi chequeo anual a inicios de año.

Por lo tanto, me propuse un decálogo de cosas para hacer cuando salgamos de esta situación, que serán tan distintas para cada uno, como distintos somos los seres humanos. En él incluí puntos como ir a mis chequeos y revisiones médicas con puntualidad hasta poner más empeño para planificar varias ideas de proyectos que tengo en el aire.

Finalmente, me hice la pregunta del momento: “¿Cómo será mi “new normal” (o como se le quiera llamar) cuando pase la cuarentena?

Tengo algunas ideas de cómo me podría afectar, desde mi modelo de mundo. Porque, aunque estamos todos en el planeta en esto, sabemos que cada uno está aprendiendo en este proceso sobre la marcha y lo vive conforme su visión. 

Creo que de esta saldré con menos temor al futuro y a los cambios. Me he dado cuenta también que puedo vivir con menos cosas, ahorrar más. Y estoy determinada a poner en práctica lo que me he dicho siempre (y no siempre lo he aplicado), a no darle tanta mente a las cosas, ni gastar energía en lo que no valga la pena. Tenerlas muy claras mis prioridades.

Lo cierto es que lo que tú y yo pensemos podría estar condicionado por el futuro cercano. Así que dejaré un buen margen para ver qué pasa en la marcha, sin nunca perder la fe en la capacidad de la humanidad para vencer barreras y salir adelante. 

#5 – Kilia

Kilia Llano es reconocida internacionalmente por sus obras de street art y muralismo, pero esta artista dominicana tiene en su haber una prolífica trayectoria que le ha llevado a incursionar en ilustración editorial y pintura en sus diferentes manifestaciones. Además es profesora de arte y ha participado en varias iniciativas sociales formando a jóvenes de escasos recursos, merece destacar el proyecto “Muralizar la frontera”. 

En tiempos de Corona

Aquí sentada, en mi día número 68 de confinamiento, tantas cosas han cambiado para mí. Más que encierro en un lugar físico, diría que mi confinamiento ha sido, más bien, del alma. Ha sido un viaje interior para mí donde la vida, el universo o Dios me han hecho plantearme tantas cosas y sobre todo me han hecho descubrir tantas cosas, que de seguro nunca jamás seré la misma persona. 

Lo más duro de todo ha sido no tener a mis hijos conmigo, esa ha sido la prueba más dura de todas las que he vivido en mi vida, incluso mucho más que aquel 23 de mayo de 2012 después de mi operación de la cabeza que significó un antes y un después en mi vida, ni siqiuera eso se compara a lo que ha significado estar separada de mis hijos en momentos como estos y no estar con mis padres durante la enfermedad de mi papá. 

Mientras mi hija de apenas 18 años ha enfrentado esta pandemia sola en un apartamento en Madrid y mi hijo con su padre (por suerte) en Santo Domingo, yo desde lejos en otro país me despierto cada día con la incertidumbre de saber cuándo podré volver a mi casa y abrazar a mis hijos al mismo tiempo. 

Todas estas horas de soledad me han mostrado claramente dónde quiero estar cuando todo esto pase, con mis hijos adorados a los que extraño más de lo que cualquier palabra pueda expresar, con mi familia que me ama, mis amigos y mi casa, ese pequeño bohío sin lujos pero acompañada de los dos mayores regalos que me ha dado la vida: Daniela y Miguel Angel. 

Mientras tanto cada día me levanto y solo pienso: “aguanta Kilia, que cada vez falta menos”.

#4 – Geraldine

Geraldine de Santis es docente, escritora, traductora e investigadora ítalo-dominicana. Desde el año 2006 escribe narrativa juvenil e infantil, además de publicar investigaciones históricas sobre personajes y temas del S. XIX en el Caribe. Actualmente ocupa el cargo de Presidenta de Ibby República Dominicana, organización adscrita a la Unesco que difunde e internacionaliza la literatura infantil y juvenil escrita por dominicanos o sobre temas dominicanos.   

Salvada por la ventana

Se me acababan opciones que evaluar cuando llegué al pequeño estudio de cuyo ventanal exterior colgaba un letrero que decía «SE ALQUILA» en letra roja. Capturada por una curiosidad difícil de racionalizar, que me ha acompañado a menudo en las decisiones importantes de mi vida, a los pocos días entré junto al agente inmobiliario para darle un vistazo al interior del segundo nivel. Sí, por fuera lucía como un típico residencial ochentero, sin demasiados detalles donde descansar la vista, con uno que otro imperfecto por el paso del tiempo, un par de vecinos metiches sin más nada que hacer que mirar hacia afuera…pero dentro, ¡dentro la gran sorpresa!: altísimo techo, ventilación insuperable, y como abrazo de bienvenida, la claridad intempestiva que entraba no solo desde el enorme ventanal, que encuadraba a la perfección el verdor de la arbolada danzante, sino de las ventanas laterales. No hubo lugar a dudas. Ese sería mi próximo hogar-estudio donde concluir un par de proyectos que me hacían ilusión.

La elección se reveló acertada porque adelantando a un par de años, cuando me llegaron desde Italia las nefastas noticias de una inminente pandemia de un virus mutante, primero por parte de una prima y luego de una hermana, con su contundente urgencia compartida de que me preparara cuanto antes, lo primero que hice fue revisar el entorno dentro del estudio para adaptarlo a un periodo indeterminado de confinamiento. Las redes, noticieros y diarios no hacían otra cosa que repetir lo que hacía dos semanas me habían avisado mis familiares…y aunque a menudo la pesadez con que mi mente procesa las malas noticias me impulsa a metabolizarlas con una larga caminata, yoga frente al ventanal, siestas o simplemente escritura, el factor sorpresa no me dio tiempo a demasiadas consideraciones, por no mencionar el tema espacial: no se podía salir.

Diez días antes de que anunciaran la cuarentena en Santo Domingo, saqué las enormes fundas azules de Ikea, las llené de provisiones con varios viajes al supermercado, limpié y doné ropas y objetos, organicé el espacio…y me acuartelé en casa. A medida que pasaron –y pasan- los días, por momentos me sorprende la luz que entra y se posa como una caricia sobre mi antebrazo desde el ventanal. Como un constante recordatorio del mundo exterior, me giro y a través del cristal veo que una pareja de aves prepara un nido en uno de los maceteros de mi ventana, oigo la risa y los llantos de mis vecinitos desde su balcón en el edificio frente al mío; me saludan con sus pequeñas palmas abiertas como estrellas, uno está subido a un triciclo…y dejo de escribir. Me acuesto en el sofá frente al ventanal y el sol me arropa por completo, las ramas bailarinas me invitan a soltar las imposiciones que sostengo para sentirme un poco más «en control» y sin darme cuenta cierro los ojos y caigo en un profundo sueño.

Cuando me despierto son las siete de la noche y la luz de los faroles releva la del sol, recordándome que es tiempo de continuar las traducciones pendientes…no sin antes agradecer por aquella tarde en que la curiosidad me hizo posar la vista en un ventanal que ahora es el centro de estos inusuales días, mi conexión con la vida allá afuera…y que me confirma con su luz y su verdor que tarde o temprano uno siempre encuentra lo que anda buscando, o que lo que se anda buscando lo encuentra a uno…antes, durante y después del confinamiento.    

#3 – Angie

Angie Díaz es estratega creativa, diseñadora gráfica e ilustradora. Enfoca su trabajo hacia el mundo del desarrollo colaborando con diversas instituciones gubernamentales y no gubernamentales como Plan Internacional y UNICEF. Ha dado forma a importantes proyectos como las campañas Aprender Sin Miedo, Por Ser Niña y La Peor Novela. Es profesora de escritura creativa en su alma mater, la Universidad Iberoamericana, jefa de creatividad en The Atomic Garden y es además una obstinada activista pro mujer.

Cuando esto termine

Ayer me lavé las manos más de 30 veces, limpié todo con desinfectante aunque nadie ha venido en tres semanas. Estoy segura de que el enemigo está en el pasillo, detrás de mi puerta, lo puedo escuchar burlándose de mí, se sabe mis dos nombres y mis cuatro apellidos, me invita a salir. Yo trato de calmarme, como me ha enseñando la doctora, inhalo por la nariz durante dos segundos, pauso por dos segundos y exhalo por la boca durante dos segundos más. Pero hoy decidí dar el paso, hoy es un día importante, esto ha terminado y voy a salir, estoy tratando de no concentrarme en la ansiedad de poner un pie fuera de la casa, de bajar los 36 escalones de mi edificio, de caminar hasta el Parque Duarte, de estar entre la gente, de que me toquen el hombro para pedirme direcciones a algún lugar o que cuando finalmente logre llegar al banco del parque, alguien quiera compartirlo conmigo. Eso sería, para mí, lamentable. No imagino cómo podría salir de una situación así. Me entraría de nuevo el pánico, querría salir corriendo, pero por supuesto el miedo me inmovilizaría y ahí quedaría sentada hasta que cayera la noche y pudiera encontrar el valor de volver a casa.

Mi proceso ha tenido sus altibajos, atrapada en las cuatro paredes que deberían hacerme sentir segura. Estoy segura, hoy es el día, terminó mi confinamiento, el mirarme al espejo, el depilarme las piernas con mis pinzas botas, el atiborrarme de malvaviscos, el ignorar el mundo exterior. Lo hice, abrí muy despacio la puerta y salí. Me armé de valor y salí. Bajando las escaleras, me topé con la señora del segundo piso, que con un miedo familiar me gritó: “¡Vecina, métase a la casa que empezó la cuarentena!”.

#2 – Norca

Norca Amezquita (@norca17) es diseñadora gráfica y directora de arte. Tiene un proyecto propio @mediaisla_rd en el que realiza ilustraciones digitales inspiradas en la esencia dominicana. Nos cuenta su historia.

Se hace lo que se puede… 

Siendo diseñadora gráfica y freelance y trabajando desde casa hace poco más de 2 años, lo de #quédateencasa ha sido un poco menos difícil, ya que los cambios y ajustes a la “nueva normalidad” han sido ligeros y he podido mantener el mismo ritmo de vida, soy de acostarme y levantarme temprano e intento llevar mi rutina de siempre: hacer ejercicio, desayunar, una buena ducha y a trabajar el resto del día en el espacio que he diseñado para eso en mi nuevo bohío, como le llamo a mi apartamento, con pausas para cocinar, comer y hasta disfrutar de una siesta.

Lo que sí es cierto, es que miro a la calle desde mi balcón mucho más que antes, no sé qué espero ver… Afortunadamente tengo muchos árboles enfrente donde los pajaritos se pasan el día revoloteando y su canto es el protagonista estos días en vez de los bocinazos y es realmente hermoso, además, hay una gran cantidad de mariposas amarillas agitando sus alas por todas partes; esto me trae recuerdos de mi niñez, la cual se desarrolló en una calle donde había muchos solares vacíos y las mariposas amarillas eran las reinas del barrio. 

Pensar en mi niñez, las horas que pasaba jugando con mis amiguitos vecinos, recordar la voz de mi mamá gritando mi nombre para que subiera a comer o a cenar, me produce una sensación extraña, por un lado me saca una sonrisa, pero por otro, me hace pensar en todos esos niños acostumbrados a jugar libremente en calles y parques y no puedo evitar sentir un poco de pena por ellos, ahora encerrados en sus casas, pero bueno, son otros tiempos y ellos tienen su manera de entretenerse…

Cocinar y fregar… bueno, afortunadamente me encanta cocinar, aunque fregar no tanto, pero cuando vives sola no hay a quien dejárselo, así que en ese departamento no hay mucho qué hacer, musiquita animada y a ponerle ganas, limpiar mi bohío es fácil porque es pequeño y lavar la ropa es sencillo, pues no ensucio mucho.

Pero a pesar de todo, tengo días muy malos, esos días en los que se te cuela una mala noticia en un chat de WhatsApp o alguien te llama para “informarte” de alguna tragedia, una nueva teoría de conspiración y se me dispara la ansiedad, es por eso que he bloqueado ciertos temas de redes sociales, he silenciado grupos y me he quedado con mi red de apoyo, mis amig@s del alma, esos que si te tienen que decir par &%$# te los dicem y tú se los agradeces, nos animamos mutuamente y esto es algo que realmente he valorado estos días, no es que no lo supiera de antes, pero ahora es más evidente y lo agradezco profundamente.

Lo que realmente es muy difícil es no ver, besar y abrazar a la gente que quiero: mi mamá, mi hermana, mi cookie Nico, mi cuñado, mis ti@s, mis amig@s, pero bueno, al menos nos quedan las videollamadas mientras tanto nos volvamos a ver.

#1 – Miguel

Ana Blanco, nuestra editora comienza con la primera historia. Y ella decidió hacerlo a través de la visión de su hijo Miguel de 14 años con un poema escrito por él.

Realidad

Las personas son extrañas,

las personas son raras,

hacen toda clase de artimañas,

la mayoría, chorradas, pero esa es la realidad.

La mayoría solo quiere encajar.

Pero no todos en esta categoría están.

¿Por qué hay que utilizar la crueldad?

La mayoría, solos están, y esa es la realidad.

Intentan hacerse más grandes,

Intentan hacerte más pequeño,

lo que no saben es que solo están más distantes.

Pero seguirán intentando aniquilar tus sueños, y esa es la realidad.

No te debería afectar, te dices,

Buscaré ayuda, te dices,

Pero les sigues haciendo caso, les permites…

Y cuando te das cuenta, te perdiste, y esa es la realidad.

Las personas son despiadadas,

las personas son crueles,

Te traicionan a tus espaldas, te duele como una espada clavada, aunque ya lo esperabas,

Si permites que te molesten, te lo restregarán en la cara hasta que vean rabia, pero esa es la realidad.

Por suerte sé que tengo que ser fuerte.

Prefiero ser diferente.

Mientras pueda ser yo mismo, no me siento perdido.

No importa lo que digan los demás, porque esta es mi realidad.

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